05/09/2010
La persecución de los homosexuales en Cuba
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El tiempo, o quizá un mecanismo piadoso de la memoria, hace que con los años se borren de los recuerdos los hechos más desagradables o dolorosos. Sin embargo, siempre hay cosas que no se olvidan, ni aun queriéndolo. La pregunta que le hiciera la periodista Carmen Lira de La Jornada, de México, a Fidel Castro sobre la persecución a los homosexuales en Cuba y la institución de los campos de concentración conocidos como UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), que funcionaron de 1965 a 1968, ha vuelto a poner en primer plano ese episodio tenebroso de la historia cubana.

¿Qué es lo primero que recuerdo del inicio de tantos horrores" Quizá sea la noticia de que Cristóbal -- he olvidado su apellido -- había sido detenido en la zona de El Vedado y enviado a uno de esos campos terribles de trabajo forzado en la provincia de Camagüey.

No sabría decir si lo más inmediato que sentí fue el asombro o la cólera; pero lo que sí se quedó para siempre, por todos los años que aún habría de vivir en Cuba, fue un miedo atroz. Ese miedo se apoderó de todos los que éramos sus amigos, un grupo de creadores principiantes que frecuentábamos el círculo de la pintora Loló Soldevilla y su esposo, el cronista Miguel Angel Ponce de León (‘‘Poncito'' hijo del famoso pintor Fidelio Ponce de León).

Aunque en aquel grupo de jóvenes y no tan jóvenes muchos nos identificábamos con la Revolución, hasta los entonces más convencidos de las bondades del socialismo, como los dramaturgos Fermín Borges y Héctor Santiago, se alarmaron e indignaron ante el establecimiento de semejantes campos de concentración. Pronto su indignación se convertiría también en miedo y terminarían abandonando el país.

En esos años se organizaron "recogidas'' en los centros nocturnos como la cafetería del Hotel Capri, la heladería Coppelia, y hasta a la salida del Teatro Nacional García Lorca. Se aparcaban ómnibus en los que se introducía a la fuerza y atropelladamente a todas las personas.

En la estación de policía los detenidos debían probar su inocencia mostrando documentos que los identificaran como integrados a la revolución (carnet del Comité de Defensa, del sindicato o de alguna filiación gubernamental). Los que no pudieran hacerlo eran enviados a los famosos campos donde el esclarecimiento de su situación podía necesitar meses y "la palanca'' de alguien con poder que pudiera ayudar al inocente detenido. Esto claro, si la persona -- hombre o mujer entiéndase bien -- no era homosexual, ni testigo de Jehová, ni "desafecto'' a la revolución.

Al cabo de un tiempo, las "recogidas'' en ómnibus cesaron, pero el envío de personas a esos campos continuó, sólo que los métodos se hicieron más sofisticados. Por ejemplo, al esposo de una de mis primas lo fueron a buscar a la peletería donde trabajaba. Denunciado como desafecto por la "chivata'' (la informante) de la cuadra, sin que avisaran a su familia, estuvo desaparecido por meses.

Cuando ya mi prima, después de haberlo buscado por hospitales, morgues y estaciones de policía, lo daba por muerto en el mar (pensaba que había escapado en balsa sin decirle nada para no comprometerla), recibió una carta, enviada clandestinamente desde Camagüey, donde él le contaba su odisea. Lo tenían en un campo de concentración de trabajos forzados, por el simple hecho de no participar en las organizaciones revolucionarias. Ese es sólo un caso del que puedo dar fe; pero hubo miles similares.

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